Boloña en bicicleta
.

.
En Boloña me dan unas tremendas ganas de no ser yo, o mejor dicho ser yo dos veces y uno de mi estar sentado en un balcón y verme pasear por ésta ciudad antigua. Me he prometido no olvidar mis recorridos en bicicleta por las calles del Centro de Boloña.
Nada se le parece al sonido que hace la bici al chocar contra las piedras.
Nada se le iguala al navegar entre el aire fresco de la mañana calurosa. La cámara, que me acompaña abrazada al cuello, se muere de ganas por tomar una y mil fotografías, pero es tan sensata que sólo sonríe y disfruta, como yo, de tan selecta sinfonía. Las personas, ensimismadas, apenas se dan cuenta de que voy en bicicleta. Cada quien va volando su papalote de pensamientos, meciendo los recuerdos en la mirada. Pasan chorreados de alegría, sin perder el ritmo. Algunos, desnudados de sol, van montados en sus motorinos que pasan… y pasan… y pasan haciendo un zumbido que, aun no sé porqué pero me dijeron que une al presente con el pasado. Ya por la tarde, cuando el día muda de piel, se encienden los nombres de los comercios que, más que publicitar productos anuncian la llegada de una nueva noche para disfrutar en bicicleta.
Aquí la realidad parece haber salido de un deseo que tenía guardado para vivir en estos días.
.