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Destiempo

Hace 28 años llegué tarde.

Me parece que nací a otra hora, en la no planeada, a minutos, horas o tal ves días después de lo esperado. Llegué tarde a la vida y así, todo lo subsecuente.

Si entro en una rifa me quedo a sólo un número del ganador. Si voy a la playa resulta ser que el día anterior no estaba nublado; de mañana me falta sólo un minuto para llegar temprano al trabajo; por las tardes la fila en el comedor es enorme, no como hacia dos minutos antes; ya por las noches tengo que cenar mis ilusiones en tranquila soledad sólo por no haber dicho antes las palabras correctas, por no haber estado en el momento oportuno.

El mapa del cuerpo no miente, los pliegues en el rostro y las canas hablan del tiempo que pasa y el ímpetu que tengo por vivir. Hace años que he tratado de ponerme el traje de la madurez y aun así me gusta pensar que todo es posible, que he de volar con saltos grandes y que los cables de luz son la única preocupación en mis intentos por ver la ciudad desde muy arriba. No es que me disguste creer en la posibilidad del vuelo, es que no concibo cuándo fue que mi imagen se hizo grande.

Hace no mucho un amigo me habló sobre una mujer que componía relojes biológicos. Decía que la sincronometrísta –así se refería a ella– era bella a pesar de su avanzada edad, que tenía movimientos ágiles pero seguros y pausados, decía de ella cosas de esto y aquello que seguro me cautivaron. No habló sobre cómo reparaba los relojes biológicos, igual yo no le pregunté, bastaba con la dirección que me había dado, total: si de día había pasado las horas llegando tarde al encuentro de las cosas, qué más daba una noche de espera para encontrarme con mi destino.

Llegué a Zacazonapan, pequeña población de menos de mil habitantes en la que me pareció todos los vecinos eran parientes. Desde la entrada, por la carretera, vi a personas encaminarse hacia un mismo lugar. Seguí a un pequeño grupo de seis mujeres, di la vuelta en una calle y pude ver que todo el pueblo entraba en una misma casa con un gran listón negro en la puerta. Según  me dijo un niño la gente se reunía ahí para despedir a su sincronometrísta. Me regresé a casa, sólo y nunca a tiempo.

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