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El nacimiento de un día llamado A (2)

Recuerdo con memoria de pan recién horneado la primera de esas cenas. Hacía frío, yo llevaba puesto un suéter café, camisa a cuadros y pantalones de pana oscuros, Mariana un vestido azul de una pieza y sobre de el una gabardina de lana negra que le resaltaba su piel de queso blanco. Toqué a la puerta y enseguida nos recibió Julián con su sonrisa serena enfundada en su andar antiguo, entramos. A los pocos pasos nos encontramos con Rafa. Nunca he de olvidar el instante en el que por vez primera Rafa vio a Mariana, me sentí testigo del alumbramiento de un nuevo amor. Unos efectos especiales salieron de la mirada de Rafa, su sola actitud nos dejó callados, silenció hasta la luz y ordenó desaparecer a la realidad para quedarse a solas con Mariana. Fue el mismo Rafa quien rompió el silencio al presentarse con Mariana. Sin menguar su devoción, el niño por los hombros a su musa, le condujo hacia él y le besó en puntas de pié. Todos quedamos pasmados ante esa convición amorosa que parecía casi absurda en aquel niño de apenas seis años. En esos momentos el único que parecía saber que sucedía era ese niño, quien tomó de la mano a su enamorada y la guió hasta su asiento en la mesa. Toda la velada transcurrió así, guiada por la conversación de Rafa. Esa fue la primera cena de jueves, que con el tiempo se convertiría más que en cena en una cita de amor entre Mariana y Rafa.
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A mi el asunto no me molestó, veía en Rafa la cándida idealización del amor que de niño yo también había tenido, y me agradaba.  Podría asegurar que desde antes de aquella cena yo había advertido una peculiaridad en ese muchacho. El andar de Rafa correspondía a una edad incierta, como si sus juegos, sonrisas y silencios estuvieran bien calibrados, como si su actuar se sincronizara con un plan que hasta él desconocía. El mismo amor que le profesó a Mariana desde aquel jueves era algo que no terminaba de encajar con la frágil e inexperta apariencia de un niño como Rafa. Su padre me decía que le había salido despistado y muy huraño, yo le decía que había nacido con intuición para el amor.
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Aunque Mariana siempre lo negara yo sabía que ella también se sentía atraída por Rafa. Los actos de mi hermana dejaban ver un cariño maternal que con el tiempo fueron entusiasmando cada vez más al niño, quien a medida que crecía en devoción a Mariana abría distancia conmigo y al cabo de pocas semanas, como  era de esperarse, me convertí en el monstruo atroz que siempre se la llevaba. Lo único que lamenté fue eso, la guerra personal que Rafa libraba conmigo, su enemigo inexistente, porque yo le quería igual o más que Mariana. En los trayectos a su escuela, a cada silencio y gesto de indiferencia que me propinaba Rafa yo le contestaba con una historia, contándole una y otra anécdota que parecían nunca interesarle. Sin darse por aludido Rafo sólo veía pasar la vida por la ventana hasta llegar a su escuela y bajarse en silencio.
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-Continúa.-
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