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El nacimiento de un día llamado A (3)

Una mañana vino de sorpresa Mariana a visitarme. Hice jugo de naranja y pan tostado y mientras lo comíamos me avisó de su decisión: No asistiría más a las cenas de los jueves. Lo primero que cruzo por mis pensamientos fue Rafa y sus anhelos, entonces sentí un pequeño vació en el corazón, las nubes se posaron un momento frente al sol de la mañana. Me costó trabajo, pero en silencio y poco a poco fui entendiendo las buenas intenciones de mi hermana, ella no quería ver irse hacia la nada aquel amor del niño, y las ilusiones ya habían llegado lejos. No le discutí nada. Me limité a llegar solo a la cena del siguiente jueves en la que Rafa no probó bocado y se fue a dormir temprano.
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Con el tiempo las cenas de los jueves terminaron por extinguirse y, aunque Rafa seguía considerándome su enemigo, yo insistí en continuar llevándolo a su escuela, esperando algún día ganarme su simpatía. Y así fue.
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Por pláticas con su padre me enteré que, a pesar de su corta edad Rafa era buen lector, así que le compré una hermosa edición de cuentos de Julián Carax, la guarde y un viernes se la di envuelta en un papel delgado y rojo.
Al siguiente lunes por la mañana, en el trayecto hacia la escuela, el muchacho tenía otra actitud, el regalo había funcionado. Apenas arranqué el auto Rafa me miró desde el asiento trasero y después de una sonrisa rompió el silencio, empezó a contarme uno de sus secretos. Todos los días, al despertarse, pensaba en una letra y esa letra guiaba su vista y la buscaba en todo lo que observaba, tenía que ser una letra formada por las cosas, como la h se podía ver en una silla o la S en las mangueras, las letras impresas no valían. Me contó que su letra diaria debía aparecer para que su día realmente comenzara y que justo esa mañana, al despertar había pensado en una A, y aun no la veía. Con un cariño infinito puedo asegurar que esa mañana la vida trajo a mi amistad e ilusión. Desde ese día el descubrimiento de letras ocultas guió nuestros siguientes trayectos hacia la escuela, y del descubrimiento de letras salieron historias, y de las historias nació una amistad, me di cuenta entonces que Julián era el nombre del padre de mi amigo Rafa.
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Aquella mañana de lunes del secreto, antes de bajarse del auto Rafa volteó hacia afuera para ver a la gente que pasaba y contento se volteó hacia mi y me dijo que ya había encontrado su A, dijo que de hecho, sin saberlo, las personas la llevábamos a todas partes cuando caminamos. Sonrió y se fue.
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