.Lugares
Destiempo
Hace 28 años llegué tarde.
Me parece que nací a otra hora, en la no planeada, a minutos, horas o tal ves días después de lo esperado. Llegué tarde a la vida y así, todo lo subsecuente.
Si entro en una rifa me quedo a sólo un número del ganador. Si voy a la playa resulta ser que el día anterior no estaba nublado; de mañana me falta sólo un minuto para llegar temprano al trabajo; por las tardes la fila en el comedor es enorme, no como hacia dos minutos antes; ya por las noches tengo que cenar mis ilusiones en tranquila soledad sólo por no haber dicho antes las palabras correctas, por no haber estado en el momento oportuno.
El mapa del cuerpo no miente, los pliegues en el rostro y las canas hablan del tiempo que pasa y el ímpetu que tengo por vivir. Hace años que he tratado de ponerme el traje de la madurez y aun así me gusta pensar que todo es posible, que he de volar con saltos grandes y que los cables de luz son la única preocupación en mis intentos por ver la ciudad desde muy arriba. No es que me disguste creer en la posibilidad del vuelo, es que no concibo cuándo fue que mi imagen se hizo grande.
Hace no mucho un amigo me habló sobre una mujer que componía relojes biológicos. Decía que la sincronometrísta –así se refería a ella– era bella a pesar de su avanzada edad, que tenía movimientos ágiles pero seguros y pausados, decía de ella cosas de esto y aquello que seguro me cautivaron. No habló sobre cómo reparaba los relojes biológicos, igual yo no le pregunté, bastaba con la dirección que me había dado, total: si de día había pasado las horas llegando tarde al encuentro de las cosas, qué más daba una noche de espera para encontrarme con mi destino.
Llegué a Zacazonapan, pequeña población de menos de mil habitantes en la que me pareció todos los vecinos eran parientes. Desde la entrada, por la carretera, vi a personas encaminarse hacia un mismo lugar. Seguí a un pequeño grupo de seis mujeres, di la vuelta en una calle y pude ver que todo el pueblo entraba en una misma casa con un gran listón negro en la puerta. Según me dijo un niño la gente se reunía ahí para despedir a su sincronometrísta. Me regresé a casa, sólo y nunca a tiempo.

Crash
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- Cholula 2006.
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En cachocientas partes se le ha partido el corazón. Un suave viento se encargó de esparcir los restos de su alma hacia ningún lado, hacia todas partes. El ímpetu por mirarle ya no estaba, el ánimo por discutir lo indiscutible ya no estaba ahí, el duende salió corriendo y tras de él la estela de cachocientas partes en el aire.
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Boloña en bicicleta
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En Boloña me dan unas tremendas ganas de no ser yo, o mejor dicho ser yo dos veces y uno de mi estar sentado en un balcón y verme pasear por ésta ciudad antigua. Me he prometido no olvidar mis recorridos en bicicleta por las calles del Centro de Boloña.
Nada se le parece al sonido que hace la bici al chocar contra las piedras.
Nada se le iguala al navegar entre el aire fresco de la mañana calurosa. La cámara, que me acompaña abrazada al cuello, se muere de ganas por tomar una y mil fotografías, pero es tan sensata que sólo sonríe y disfruta, como yo, de tan selecta sinfonía. Las personas, ensimismadas, apenas se dan cuenta de que voy en bicicleta. Cada quien va volando su papalote de pensamientos, meciendo los recuerdos en la mirada. Pasan chorreados de alegría, sin perder el ritmo. Algunos, desnudados de sol, van montados en sus motorinos que pasan… y pasan… y pasan haciendo un zumbido que, aun no sé porqué pero me dijeron que une al presente con el pasado. Ya por la tarde, cuando el día muda de piel, se encienden los nombres de los comercios que, más que publicitar productos anuncian la llegada de una nueva noche para disfrutar en bicicleta.
Aquí la realidad parece haber salido de un deseo que tenía guardado para vivir en estos días.
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Gaudí, la naturaleza y nosotros

- Park Güell, Barcelona 2008.
Mar de la montaña Turó del Carmel, Barcelona 1899.
Érase una vez un conde apellidado Güell que, comprando dos grandes fincas en un lo alto de una montaña decide hacer algo nuevo con el uso de esas tierras. En principio el proyecto se concibió como un desarrollo habitacional privilegiado. Convocó al genio arquitectónico de la época e inició la aventura en 1900 para terminar 14 años después. La inversión no resultó muy popular entre los posibles compradores. Al final sólo se construirían tres viviendas, una para los Güell, otra para Gaudí y la tercera para un abogado de nombre Martí Trias i Domènech. El tiempo hizo lo propio y le dio descanso a cada uno: el lugar se transformó de nuevo. La casa principal se convirtió en una escuela primaria, en la de Gaudí se montó un museo y la tercera aun se conserva como vivienda. El resto del lugar es la casa temporal de miles de ilusiones perdidas; es el punto de reunión entre gente de todo el mundo: Park Güell.
A veces las historias se ponen interesantes cuando nos cuentan cosas que no esperábamos. Una flor blanca suele ser linda, pero una flor blanca en medio de un paisaje desolado de piedras negras suele ser hermosa. Una persona de raza negra con los ojos claros. Un obrero políglota. Un día soleado en Londres. Unas botas flotando en medio del Atlántico.
Es curioso como la realidad a veces no se le parece a nada. Es como cuando en las mañanas algo huele a nuevo. Piensas es Dios estrenando algo, tal vez un terremoto, o el nacimiento de un planeta o tal vez sea el creador estrenando las flores que crecen hoy por la mañana.
Lo bello de la curva es que siempre sugiere un lugar a donde ir, y que mejor si resulta inesperado. En el mismo instante en que Gaudí fue arrollado por un tren en Kenia una mujer moría aplastada por una manada de elefantes. La vida está echa de agua que pocas veces sabemos si viene o va.
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Be a Londoner
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Pareciera que ser londinense es algo que no sólo los que aquí nacen poseen. Es, ante todo, un orgullo, o al menos así lo porta la gente. Ser londoner es como si adquirieras varias nacionalidades, es un concepto que se va reinventando conforme las personas lo hacen. Porque, aun siendo esta ciudad un catálogo de banalidades, se puede percibir en ella un rostro humano, un toque de imperfección que trasciende el defecto para dar paso a la autenticidad. Una de las grandes apuestas de Londres es la inclusión de razas, por la calle puede caminar lo mismo un latino que un negro o un musulmán y nadie se alarma.
El mejor souvenir que alguien puede llevarse de Londres es su inclusión liberadora, su apuesta por la suma, su descarado interés por lo nuevo, por lo desconocido y, a veces, porqué no, por el foráneo.
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Ciutat neta

- La playa en Badalona, España
Bajo del avión y la ciudad me da el más dulce de los besos salados. El calor, ansioso por enseñármelo todo, me toma de la mano para subirme la autobús en la primera acera. Un pequeño trayecto de 15 minutos me llevará a Plaza Catalunya. Detalle a detalle se me van revelando las grandes diferencia que guardan Barcelona y Londres (benditas diferencias). El uso del catalán como primer idioma me llega, lo cual lejos de disgustarme me agrada. Llego a Plaza Catalunya y recibo mi primer contacto con la multitud. Vacacionístas, trabajadores, adolescentes de todo sabor, jóvenes salpicados por doquier y uno que otro viejo que camina con el seño fruncido. Tomo un tren que me llevará a mi último destino, Badalona. El tren corre por superficie. Las ventanas me van contando historias que saben a introducción de mi última parada. Llego y no tardo en darme cuenta que lo contado es cierto. Bajo del tren y la playa me guiña un ojo, subo por las calles y me encuentro con la gente que reposa del sol que ha tomado por el día. El mar se adivina en todas partes y esta calma a mi me sabe a alegría.
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